Contablemente, la renta o utilidad de un negocio se ha definido simplemente como el resultado (de ahí el nombre de éste estado financiero) de restar a los ingresos, el total de los egresos (técnicamente denominados costos y gastos cau­sados). El saldo constituye la ganancia o la pérdida obtenida en el lapso de tiempo considerado, el cual servirá para determinar los impuestos a cargo del ente económico, así como los dividendos a favor de los dueños del negocio, si es que los ingresos han sido mayores que los egresos.

Pero dicho saldo residual, cuyo procedimiento de cálculo fue consi­derado apropiado durante muchos años no toma en cuenta factores importantes que están influen­ciando los valores que en él intervienen. Uno de éstos factores es la inflación, cuyo efecto en la determinación de las ganancias o pérdidas "reales" no había sido tenido en cuenta, pero que ya está siendo incorporado a los resultados económicos de las empresas. Sin embargo, persisten errores con­ceptuales que producen el tránsito, de unas cifras desactualizadas (calculadas sobre valores históricos), a unos valores sobreestimados (que incluyen ganancias anticipadas o no realizadas).

Esta definición podría enmarcarse dentro del concepto de patrimonio financiero incorporado en el texto del antiguo decreto 2649 y que señala que "salvo que normas superiores exijan otra cosa, la utilidad o excedente se establece respecto del patrimonio financiero debidamente actualizado para reflejar el efecto de la inflación.". A su vez, el patrimonio financiero ha sido definido como aquella medida que pretende establecer, en dinero, un atributo monetario; se trata de conservar una cantidad deter­minada de poder adquisitivo. Pero existe también el concepto de capital físico, mediante el cual se pretende conservar, no una canti­dad determinada de poder adquisitivo, sino una capacidad operativa establecida y, por definición, se asemeja al concepto de renta eco­nómica, cuya comprensión es muy importante para cualquier clase de análisis que se quiera realizar.

En desarrollo de ésta teoría, la renta económica puede definirse a partir de los estudios del economista J.R. Hicks como "...el valor máximo que una persona puede consumir a lo largo de una semana, y todavía esperar "estar tan bien" al final de la misma como estaba al principio". De donde se puede concluir que la renta de un ente económico no es sólo la diferencia entre activos y pasivos, menos el patrimonio aportado al inicio del período, así estén todos ellos actualizados por efectos de la inflación, tal y conforme lo aceptan las normas contables, sino que, además, debe incorporar un elemento que permita asegurar que, si se retirara dicho excedente o renta, el patrimonio de la persona o empresa se conservará, por lo menos en el nivel que tenía al iniciar el ejercicio comercial.

Esto quiere decir que la calidad de la gestión y el valor que la comu­nidad asigne a una actividad particular, son elementos adicionales que se deben computar al determinar la renta "real" generada por una empresa. Si el valor de la empresa disminuye, al retirar las utilidades contables registradas, no podría hablarse con propiedad, de que dicho monto retirado haya sido, en verdad, una utilidad "real". Para que exista, económicamente hablando, renta "real" la empresa deberá estar tan bien, al final como al principio y esto sólo se logra determinando el valor "de mercado" de la empresa en ambos períodos; y eliminando de las utilidades contables aquellos factores que puedan provocar un demérito en la situación patrimonial del ente, como pueden ser las denominadas en éste texto utilidades "ficticias" o "aparentes", que provienen de la ganancia por simple tenencia de activos.

Lo ideal sería que, a través de las utilidades conta­bles, se puedan determinar las rentas económicas y que éstas sirvan como base para la distribu­ción de dividendos o participaciones. El propósito se lograría mediante una ade­cuada valorización de los bienes, medición precisa del impacto de la infla­ción en la determinación del impuesto, creación de reservas para preservación del patrimonio y diseño de indicadores de gestión más precisos. Situaciones éstas que aún están lejos de ser incorporadas tanto a la medición de los estados financieros como a su interpretación.

 

 

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