Bajo éste enfoque, toda empresa que emplee activos fijos en su acti­vidad comercial, industrial o de servicios, al término de la vida útil de sus propiedades, planta y equipo, debería contar con una reserva en efec­tivo, equi­valente al costo del respectivo bien. Lo cuál significa, ni más ni menos, que la deduci­bilidad —tanto conta­ble como fiscal— de la depre­ciación, debe propor­cionar los recursos suficientes para reponer el activo, apro­piando, de parte del estado, un porcentaje de dicho valor de repo­sición, medido como el producto acumulado de la apli­cación de la tarifa del impuesto sobre la renta, vi­gente en cada año, a la alícuota de depreciación; y de parte de los socios o accionistas el comple­mento. En éste ejemplo, dichas pro­por­ciones fueron del 35 y del 65 por ciento, respectivamente.

Si se separaran dichos recursos, provenientes de la deducibili­dad del gasto por concepto de depreciación de los demás recursos de opera­ción, al finalizar la vida del activo ésta empresa contará con un millón de pesos adicionales para reponer el activo en cuestión y su capital social inicial permanecerá intacto:

Efectivo 0
Disponible reposición activo fijo 1.000.000
Activo fijo (neto)              0
TOTAL ACTIVO 1.000.000
Capital 1.000.000
Utilidades por distribuir              0
TOTAL PATRIMONIO 1.000.000

Y, si además, el activo fijo posee algún valor de realización, entonces la empresa contará con otros recursos adicionales, los cuales serán grava­dos a la misma tarifa del impuesto sobre la renta aplicada a la utilidad proveniente de actividades de operación.

Este último balance presentado refleja claramente cómo la com­pañía podrá perfectamente reponer la maquinaria que utiliza en la operación, sin necesidad de incrementar su capital social, cosa que no hubiese ocurrido si la depreciación no se considerara un gasto dedu­cible, porque el valor del activo en uso se hubiese entregado al estado, bajo la forma de impuestos y a los accionistas o propietarios como dividendos o participaciones con lo cuál —simplemente— se habría producido la devolución del capital apor­tado.

Pero, normalmente, las empresas no separan los flujos prove­nientes de la depreciación de sus otros recursos y, en consecuencia, el ahorro generado por la deducibilidad de ésta clase de gastos puede estar distribuido en toda la estructura de la compañía, como en cuentas por cobrar y en inventarios, por ejemplo. Por ello, al término de la vida útil de alguna de sus propiedades, planta y equipo, casi siempre se ase­gura —por parte de los directivos de las empresas— que no existe dinero disponible para la reposición de los activos fijos cuya vida útil concluye. Y, en realidad, puede que no haya dinero en efec­tivo pero, también es cierto que siempre habrá la posibilidad de recuperarlo a través de la efectivización de las cuentas en las cuales se encuentra distribuida tal reserva ocul­ta. Precisamente por eso, a veces, se le deno­mina así: “reserva oculta” .

Por su parte, la tasa de retorno sobre la inversión es un análisis inde­pendiente a la formación de ahorro interno que se está estudiando en el presente artículo y, por tal motivo, no se plan­tea aquí la mayor o menor rapidez, en el tiempo, para su recu­peración, la cuál se obtiene a través de la acumulación de las utilidades distribuidas cada año, hasta llegar al monto de la inversión o capital aportado. Esto puede ocurrir en pocos años o en muchos, dependiendo de las expectativas de los posee­dores del capital, del sector económico al cual pertenece el ente, de su aceptación en el mercado y de la estructura empresarial, entre otras cosas. Por lo tanto, la tasa de retorno sobre la inversión no se calcula sobre los montos de ahorro interno generado por la deduci­bilidad de la depreciación, sino sobre las utilidades que se distribuyen periódicamente.

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