Con un ejemplo se entenderá mejor la anterior teoría. Supón­gase una empresa que realiza ventas anuales, en efectivo, de 950 mil pesos e incurre en costos y gastos —sin incluir depreciación— de $145.385, pagados también en efectivo; con un capital inicial de un millón de pesos invertido en maquinaria y equipo para su operación, cuya vida útil legal corresponde a un período de 10 años. Así las cosas, el estado de resultados, antes de cargar cualquier gasto por depreciación, sería el siguiente:

Ventas 950.000
Costos y gastos 145.385
Utilidad 804.615
Impuesto de renta 281.615
Utilidad distribuible 523.000

Si los impuestos fuesen pagados en el mismo año en que ocurren y, a su vez, la utilidad se distribuyese en forma inmediata. El balance sería:

Efectivo 0
Activo fijo 1.000.000
TOTAL ACTIVO 1.000.000
Capital 1.000.000
Utilidades por distribuir            0
TOTAL PATRIMONIO 1.000.000

Ahora, tomando en cuenta el gasto por depreciación ($100.000 por cada año), bajo el método de línea recta, la utilidad se modificaría de la siguiente manera:

Ventas 950.000
Costos y gastos 245.385
Utilidad 704.615
Impuesto de renta 246.615
Utilidad distribuible 458.000

Al cancelar los impuestos y distribuir las utilidades:

Efectivo 100.000
Activo fijo    900.000
TOTAL ACTIVO 1.000.000
Capital 1.000.000
Utilidades por distribuir              0
TOTAL PATRIMONIO 1.000.000

Obsérvese como el efectivo disponible se incrementa en 100 mil pesos, es decir, exactamente en el valor de la cuota de depre­cia­ción llevada a gastos; pro­veniente —dicho incremento— en primer lugar, de las menores utilidades entregadas a los propietarios (65 mil pesos) y, en segundo lugar, del menor impuesto pagado (35 mil pesos), con lo cual empieza a confi­gurarse la teoría que se expondrá más adelante, según la cuál el ahorro total de un ente económico —que habrá de ser la base para su fortalecimiento patrimonial y, por ende, para su creci­miento y de­sarrollo empresarial— debe provenir del ahorro interno generado por el uso de aquellos activos operativos que constituyen gastos pero que no son desembolsos de dinero por­que su financiación se origina, o bien en el capital social o bien en empréstitos con entida­des financieras y, de otra parte, del ahorro fiscal (crédito tributario), conse­cuencia directa de tales gastos “virtuales” y que resulta de aplicar la tarifa del impuesto sobre la renta a la deducción por con­cepto de depreciación (exten­sivo a deducciones de similar caracterís­tica, tales como amor­tización de intangibles o de activos agotables).

 

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