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ESTRUCTURA DE CAPITAL E IMPUESTOS (III)

 

 

POLÍTICA DE DISTRIBUCIÓN DE UTILIDADES

Como la idea es generar recursos propios para reponer el activo, una política prudente sería no distribuir la totalidad de las utilidades, sino únicamente en aquella parte que no corresponda al menor impuesto pagado por concepto de la deducibilidad fiscal de la depreciación y de los intereses:

Utilidad neta

250.000

Menor impuesto por depreciación

  35.000

Menor impuesto por intereses

112.000

Utilidad distribuible

103.000

 

Bajo ésta óptica, aproximadamente, en siete años la empresa habrá ahorrado lo suficiente para cancelar el pasivo y al cabo de los diez años de vida útil contará con recursos adicionales para reponer —con fondos propios— el activo fijo:

Efectivo

1.470.000

Disponible reposición activo fijo

1.000.000

Activo fijo (neto)

              0

TOTAL ACTIVO

2.470.000

 

 

Capital

1.000.000

Utilidades por distribuir

1.470.000

TOTAL PATRIMONIO

2.470.000

 

En éste momento, debería cancelarse el pasivo, reponer el equipo y capitalizar la sociedad, así:

Efectivo

470.000

Disponible reposición activo fijo

0

Activo fijo (neto)

1.000.000

TOTAL ACTIVO

1.470.000

 

 

Capital

1.000.000

Utilidades por distribuir

   470.000

TOTAL PATRIMONIO

1.470.000

 

Aún se podría, sin ningún riesgo financiero, distribuir los 470 mil pesos y la compañía sería completamente de propiedad de los inversionistas. La sencilla estructura de capital de ésta empresa, financiada ciento por ciento mediante préstamos, permitió enriquecer a sus propietarios en 2 millones 500 mil pesos (103 mil entregados anualmente como dividen­dos, un millón como capital social y 470 mil como exceso en la reserva, a través de utilidades retenidas), de los 2.470 millones, una parte corres­ponde a ahorro interno (un millón, a través de la deprecia­ción) y, otra, 1.470 millones al ahorro tributario (350 mil dejados de pa­gar en impues­tos por la deducibilidad de la depreciación y 1.120 millones por el mismo concepto, pero provenientes de los intereses reco­no­cidos a las entidades financieras). La diferencia de 30 mil, pro­viene de un exce­dente generado por la propia operación de la com­pañía, a razón de tres mil pesos por año.

¿Y, entonces, porqué las empresas se ven tan apuradas para financiar sus actividades de largo plazo, especialmente la reposición de activos fijos? Una de las causas parece ser el fenómeno inflacionario. Otra podría ser una imprecisa (o nula) planeación financiera estratégica con base en la estructura impositiva del país.

MEDICIÓN DE LA INFLACIÓN

La inflación se expre­sa como el cambio porcentual de los precios de los bienes y servicios incluidos en la canasta del sector de interés, de un período a otro. A veces se presenta también como una secuencia de números índice en las que se asigna el valor de 100 al valor de la canasta en un período dado (período base) y se representa el mismo valor en otro período, como un número relativo del valor base. Por ejemplo, si una canasta de bienes cuesta $1.500 el 31 de diciembre de 1995; $1.875.45 el 31 de diciembre de 1996 y $2.305.86 el 31 de diciem­bre de 1997, se puede es­cribir la secuencia de precios con la siguiente serie de índices:

Diciembre 1.995

Diciembre 1.996

Diciembre 1.997

100.00

125.03

153.72

 

También podría afirmarse que la inflación —para este sector especí­fico— fue del 25.03 % durante el año de 1996 y del 22.95 % durante el año de 1997. Nótese, además, que la inflación de los dos años (1996 y 1997) no es la simple suma aritmética de las respectivas tasas de inflación, en razón a que las inflaciones de cada período están calculadas sobre una base inicial de precios que es diferente, para cada uno de ellos.

De la misma manera, en la actualidad se estiman y publican índices de precios mensualmente con el propósito de conocer mas oportuna­mente el efecto de la inflación sobre la economía en general.

Bajo estas circunstancias y conocido el efecto de la inflación sobre la riqueza, trasladándola de unas manos a otras, sería ideal que cada persona o sector económico calculara su propio índice de inflación, teniendo en cuenta la canasta de bienes y servicios que le atañe en forma particular y, de esta manera, poder identificar si la inflación le ha enriquecido o empobrecido. Sin embargo, la tarea es monumental en cuan­to a tiempo y costo. Por ello, ha sido comúnmente aceptado en el mundo entero, que sea el índice de precios al consumidor (IPC) el indi­cador que sirva para actualizar las cifras que tengan que ver con el ajuste por inflación a los estados financieros.

EFECTOS DE LA INFLACIÓN

 

Como ya se ha explicado, el fenómeno inflacionario causa un de­terioro en el poder adquisitivo de la moneda y, en consecuencia, desde el punto de vista fiscal recobran vi­gencia, algunas reglas de planeación de impuestos, como aquella que aconseja que en la medida en que exista una posibilidad legal de acogerse a alguna opción, se haga uso de las deducciones que “se puedan hacer antes y no después” y, así mismo, la que “reconozca las utilidades gravables después y no antes”.

Pues bien, la inflación produce que la deducción por deprecia­ción, aceptada fiscalmente, sea menor entre más cerca esté el fin de la vida útil del activo que está causando dicha depre­ciación, debido a que el poder adquisitivo de los recursos propios en formación, y que aquí se denominan ahorro interno y ahorro total, también se deteriora.

Por lo tanto, si se supone un índice de inflación conocido y que, para éste ejemplo, corresponderá al PAAG publicado para la vigencia comprendida entre 1992 y 1997 (seis años) y proyec­tando los últimos cuatro años en los siguientes porcentajes:

Índices de inflación

1992

25.17 %

 

1997

17.38 %

1993

23.03 %

 

1998

20.00 %

1994

21.66 %

 

1999

18.00 %

1995

20.21 %

 

2000

16.00 %

1996

22.09 %

 

2001

14.00 %

 Se tendría que, en términos de valor presente, la deducción por depre­ciación y su consiguiente ahorro fiscal, presentaría el siguiente compor­ta­miento:

Ahorro total – depreciación línea recta

 

CONCEPTO

AÑO 1

AÑO 2

AÑO 3

AÑO 4

AÑO 5

Depreciación

100.000

100.000

100.000

100.000

100.000

Inflación

25.17%

23.03%

21.66%

20.21%

22.09%

Factor de descuento

1.2517

1.5400

1.8735

2.2522

2.7497

VP ahorro interno

79.891

64.935

53.376

44.401

36.368

VP ahorro fiscal

27.962

22.727

18.681

15.540

12.729

 

 

 

 

 

 

CONCEPTO

AÑO 6

AÑO 7

AÑO 8

AÑO 9

AÑO 10

Depreciación

100.000

100.000

100.000

100.000

100.000

Inflación

17.38%

20.00%

18.00%

16.00%

14.00%

Factor de descuento

3.2276

3.8731

4.5702

5.3015

6.0437

VP ahorro interno

30.983

25.819

21.881

18.863

16.546

VP ahorro fiscal

10.844

9.037

7.658

6.602

5.791

 

Cuyos resultados, acumulados, se resumen de la siguiente ma­nera:

VP ahorro interno

393.063

VP ahorro fiscal

137.572

VP Ahorro total

530.635

 

El factor de descuento se calcula a través del encadenamiento de los diferentes índices de inflación (PAAG, en éste caso):

Año 1

1.2517 X 1.2303           

= 1.5400

Año 2

1.2517 X 1.2303 X 1.2166

= 1.8735

 Y así, sucesivamente, para los demás años. Como curiosidad, puede ob­servarse que el factor calculado para el quinto año señala que los precios, en éste corto lapso de tiempo, prácticamente se duplicaron.

La interpretación de los resultados —descontados a valor presente neto— de cada período, señalan el valor real de la deducción por concepto de depreciación y su efecto, también en valor real, sobre el impuesto dejado de pagar. Así, para el primer año, la deducción por depreciación en términos reales sólo asciende a $79.891 y no a los 100 mil pesos que se pretende reflejar como verdadero gasto en los esta­dos financieros.

De la misma manera éstos resultados se pueden interpretar en el sentido de que, en presencia de niveles de infla­ción anual como los ex­pre­sados en el cuadro anterior, el ahorro interno causado por la de­pre­ciación del activo fijo de ésta empresa sólo ascen­derá, en términos de valor presente, a un 39 por ciento (393.063 dividido entre un millón) res­pecto del valor que se obtendría de no existir el fenómeno inflacio­na­rio. También significa que la empre­sa tendrá que conseguir recursos externos —con costo finan­ciero— en un 61 por ciento del valor del activo, para poder hacer su reposición, al finalizar la respectiva vida útil, o aumentar su capital social en un valor equivalente.

Así mismo, significa que la reserva para reposición de activos y que debería ascender al cabo de los diez años a 350 mil pesos, sólo repre­sentará, en valor presente, $137.572, es decir el mismo 39 por ciento que se calculó para el ahorro interno.

En otras palabras, la compañía no sólo no se enriquecerá sino que, por el contrario, estará destruyendo valor económico al incurrir en un esta­do de incapacidad para generar recursos propios que financien tanto la reposición de activos que, por lo menos, mantengan la capa­cidad de producción estable (y actual), como sus programas de creci­miento futuro.

En consecuencia, si la inflación está causando tan grave deterioro a las finanzas de una empresa ¾y aún más cuando se contabiliza el sistema integral de ajustes por inflación, como ocurre en Colombia¾ el único camino a seguir es la implementación de un efectivo programa de planeación tributaria a través de la evaluación financiera de herramientas tales como leasing financiero y operativo, emisión de bonos o acciones y, tal vez el más importante de todos, un cambio en los métodos de depreciación. Todo ello acompañado de la creación de un modelo de flujo de caja que optimice la necesidad de generación de recursos para la atención de las obligaciones provenientes de la compra de Propiedad, Planta y Equipo.y una acertada política de distribución de utilidades y creación de reservas para reposición de activos. Naturalmente, el estado debería también evaluar la posibilidad de modificar, de alguna manera, el tratamiento fiscal a algunas de las variables introducidas en éste breve modelo de planeación, tales como depreciación, ajustes por inflación, distribución de utilidades o beneficios por retención de ganancias con propósitos específicos.

 

“...digo sencillamente al buen Dios lo que necesito, y Él siempre me comprende...” (Santa Teresita del niño Jesús)

 

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