Newsletter

 

 

ESTRUCTURA DE CAPITAL E IMPUESTOS

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Las medidas que conciernen a la reducción de impuestos están estrecha­mente relacionadas con aquellas que tienen que ver con la depreciación. Las normas fiscales, en nuestro país, definen la depreciación como el valor solicitado por deducción que corres­ponde al desgaste o deterioro normal o por obsolescencia de bienes usados en negocios o actividades produc­toras de renta, equivalente a la alícuota o suma necesaria para amortizar el ciento por ciento de su costo, durante la vida útil de dichos bienes, siempre que estos hayan prestado servicio en el año o período gravable de que se trate.

Las empresas contabilizan la depreciación como un gasto o costo. Es decir, las leyes sobre impuestos permiten a las empresas deducir de su ingreso, anualmente, una cierta cantidad por concepto de depre­cia­ción de edificios, maquinaria, muebles y equipo de oficina, ve­hículos y otros bienes de capital, como costo de la actividad de­sarrollada.

Por ejemplo, suponga que una empresa posee un edificio que cuesta treinta millones de pesos. Si las normas sobre impuestos requieren que la empresa deprecie el edificio a lo largo de 20 años, ésta podrá deducir de su ingreso un millón quinientos mil pesos anuales como gasto por depre­ciación. Si las leyes sobre impuestos permiten a la empresa acelerar la depreciación en 10 años, ésta podrá, por tanto, deducir tres millones de pesos anuales.

Obviamente, cuanto más pueda deducir la empresa cada año por concepto de depreciación, menores serán sus utilidades y, por lo tanto, pagará menos impuestos sobre la renta. En consecuencia, las leyes que permitan acelerar la depreciación; es decir la depreciación rápida de plantas y equipos, pueden ser una parte importante de la formulación de políticas para la optimización del pago de impuestos.

La depreciación acelerada otorga a las empresas un mayor incentivo para destinar recursos a nuevas inversiones con objeto de reponer el capi­tal existente en equipo. Sin embargo, la depre­ciación acelerada también reduce los ingresos tributarios del estado e incen­tiva el empleo intensivo de capital, en tanto que descuida la utilización de mano de obra. Debido a esto, existe siempre controversia sobre cualquier propuesta que implique cam­bios en los tipos de depre­ciación.

De otra parte, la deducción por depreciación, tanto para propósitos fiscales como contables, incorpora una finalidad económica en su fun­da­mento y en sus efectos. El gasto por éste concepto debe contri­buir, al ser deducido de las utilida­des, para la formación de una reserva oculta que permita la generación de recursos internos, de tal manera que, al finalizar la vida útil del respectivo activo fijo, el ente económico posea —en efectivo o en otros activos más o menos líquidos— un monto equivalente a su valor de reposición más un excedente, prove­niente del impuesto dejado de pagar, en cada período, como pro­ducto de la deducibilidad del gasto por deprecia­ción.

Algunos autores niegan de manera categórica que la depreciación genere efectivo a las empresas. Aquí no se comparte ése criterio, por cuanto en la medida en que la alícuota de depreciación afecte la renta base para el cálculo del impuesto y, por ende, las utilidades susceptibles de ser distribuidas a los socios o accionistas estará —implícitamente— generando recursos al evitar que dichos fondos (depreciación y menor valor del impuesto) se entreguen al estado y a los propietarios, normalmente al año siguiente al de su generación.

 

GENERACIÓN DE AHORRO INTERNO

Con un ejemplo se entenderá mejor la anterior teoría. Supón­gase una empresa que realiza ventas anuales, en efectivo, de 950 mil pesos e incurre en costos y gastos —sin incluir depreciación— de $145.385, pagados también en efectivo; con un capital inicial de un millón de pesos invertido en maquinaria y equipo para su operación, cuya vida útil legal corresponde a un período de 10 años. Así las cosas, el estado de resultados, antes de cargar cualquier gasto por depreciación, sería el siguiente:

Ventas

950.000

Costos y gastos

145.385

Utilidad

804.615

Impuesto de renta

281.615

Utilidad distribuible

523.000

 

Si los impuestos fuesen pagados en el mismo año en que ocurren y, a su vez, la utilidad se distribuyese en forma inmediata. El balance sería:

Efectivo

0

Activo fijo

1.000.000

TOTAL ACTIVO

1.000.000

 

 

Capital

1.000.000

Utilidades por distribuir

            0

TOTAL PATRIMONIO

1.000.000

 

Ahora, tomando en cuenta el gasto por depreciación ($100.000 por cada año), bajo el método de línea recta, la utilidad se modificaría de la siguiente manera:

Ventas

950.000

Costos y gastos

245.385

Utilidad

704.615

Impuesto de renta

246.615

Utilidad distribuible

458.000

 

Al cancelar los impuestos y distribuir las utilidades:

Efectivo

100.000

Activo fijo

   900.000

TOTAL ACTIVO

1.000.000

 

 

Capital

1.000.000

Utilidades por distribuir

              0

TOTAL PATRIMONIO

1.000.000

 

Obsérvese como el efectivo disponible se incrementa en 100 mil pesos, es decir, exactamente en el valor de la cuota de depre­cia­ción llevada a gastos; pro­veniente —dicho incremento— en primer lugar, de las menores utilidades entregadas a los propietarios (65 mil pesos) y, en segundo lugar, del menor impuesto pagado (35 mil pesos), con lo cual empieza a confi­gurarse la teoría que se expondrá más adelante, según la cuál el ahorro total de un ente económico —que habrá de ser la base para su fortalecimiento patrimonial y, por ende, para su creci­miento y de­sarrollo empresarial— debe provenir del ahorro interno generado por el uso de aquellos activos operativos que constituyen gastos pero que no son desembolsos de dinero por­que su financiación se origina, o bien en el capital social o bien en empréstitos con entida­des financieras y, de otra parte, del ahorro fiscal (crédito tributario), conse­cuencia directa de tales gastos “virtuales” y que resulta de aplicar la tarifa del impuesto sobre la renta a la deducción por con­cepto de depreciación (exten­sivo a deducciones de similar caracterís­tica, tales como amor­tización de intangibles o de activos agotables).

RECURSOS PARA LA REPOSICIÓN DEL ACTIVO

Bajo éste enfoque, toda empresa que emplee activos fijos en su acti­vidad comercial, industrial o de servicios, al término de la vida útil de sus propiedades, planta y equipo, debería contar con una reserva en efec­tivo, equi­valente al costo del respectivo bien. Lo cuál significa, ni más ni menos, que la deduci­bilidad —tanto conta­ble como fiscal— de la depre­ciación, debe propor­cionar los recursos suficientes para reponer el activo, apro­piando, de parte del estado, un porcentaje de dicho valor de repo­sición, medido como el producto acumulado de la apli­cación de la tarifa del impuesto sobre la renta, vi­gente en cada año, a la alícuota de depreciación; y de parte de los socios o accionistas el comple­mento. En éste ejemplo, dichas pro­por­ciones fueron del 35 y del 65 por ciento, respectivamente.

Si se separaran dichos recursos, provenientes de la deducibili­dad del gasto por concepto de depreciación de los demás recursos de opera­ción, al finalizar la vida del activo ésta empresa contará con un millón de pesos adicionales para reponer el activo en cuestión y su capital social inicial permanecerá intacto:

Efectivo

0

Disponible reposición activo fijo

1.000.000

Activo fijo (neto)

              0

TOTAL ACTIVO

1.000.000

 

 

Capital

1.000.000

Utilidades por distribuir

              0

TOTAL PATRIMONIO

1.000.000

 

Y, si además, el activo fijo posee algún valor de realización, entonces la empresa contará con otros recursos adicionales, los cuales serán grava­dos a la misma tarifa del impuesto sobre la renta aplicada a la utilidad proveniente de actividades de operación.

Este último balance presentado refleja claramente cómo la com­pañ[JGP1] ía podrá perfectamente reponer la maquinaria que utiliza en la operación, sin necesidad de incrementar su capital social, cosa que no hubiese ocurrido si la depreciación no se considerara un gasto dedu­cible, porque el valor del activo en uso se hubiese entregado al estado, bajo la forma de impuestos y a los accionistas o propietarios como dividendos o participaciones con lo cuál —simplemente— se habría producido la devolución del capital apor­tado.

Pero, normalmente, las empresas no separan los flujos prove­nientes de la depreciación de sus otros recursos y, en consecuencia, el ahorro generado por la deducibilidad de ésta clase de gastos puede estar distribuido en toda la estructura de la compañía, como en cuentas por cobrar y en inventarios, por ejemplo. Por ello, al término de la vida útil de alguna de sus propiedades, planta y equipo, casi siempre se ase­gura —por parte de los directivos de las empresas— que no existe dinero disponible para la reposición de los activos fijos cuya vida útil concluye. Y, en realidad, puede que no haya dinero en efec­tivo pero, también es cierto que siempre habrá la posibilidad de recuperarlo a través de la efectivización de las cuentas en las cuales se encuentra distribuida tal reserva ocul­ta. Precisamente por eso, a veces, se le deno­mina así: “reserva oculta” .

Por su parte, la tasa de retorno sobre la inversión, es un análisis inde­pendiente a la formación de ahorro interno que se está estudiando en el presente artículo y, por tal motivo, no se plan­tea aquí la mayor o menor rapidez, en el tiempo, para su recu­peración, la cuál se obtiene a través de la acumulación de las utilidades distribuidas cada año, hasta llegar al monto de la inversión o capital aportado. Esto puede ocurrir en pocos años o en muchos, dependiendo de las expectativas de los posee­dores del capital, del sector económico al cual pertenece el ente, de su aceptación en el mercado y de la estructura empresarial, entre otras cosas. Por lo tanto, la tasa de retorno sobre la inversión no se calcula sobre los montos de ahorro interno generado por la deduci­bilidad de la depreciación, sino sobre las utilidades que se distribuyen periódicamente.

 

 

“...digo sencillamente al buen Dios lo que necesito, y Él siempre me comprende...” (Santa Teresita del niño Jesús)

 

Inicio I Libros gratis I Campus Virtual I Documentos  I Precios de Transferencia  I Newsletter I Blog I Nando El Jefe I Contáctenos

 

Carrera 74B No. 52A 62 Interior 3 – Teléfono (57) (1) 5491711 Telefax (57) (1) 2630666 / Bogotá D.C. Colombia

 

 


 [JGP1]